Corporación de la comunidad constitutiva tras disoluciones precursoras.
El clamor independentista y el fervor catalán buscaban de manera acuciante una voz representante en la rica llanura del río Onyar. Tras la disolución trágica de la previa Unión Esportiva, las bases fundacionales para un frente impenetrable se plantaron bajo el arco cálido y bohemio del mítico Café Norat, un emblema vital que latía incesante sobre la Rambla de la Llibertat. En ese bullicio ciudadano, el 23 de julio de 1930, se consolidó la gran asamblea madre ciudadana. Guiados magistralmente por la elocuencia de su flamante primer presidente Albert de Quintana de León, y flanqueados en la pesada batalla burocrática por escuderos eternos e inversores claves como los empresarios Joaquim Ribas, Andreu de Bosch, Lluís de Puig y Manuel de Chopitea, el Girona Football Club exhaló su poderoso primer latido oficial. Absorbiendo directamente los estandartes romboideos escuderos municipales, los creadores adoptaron orgullosamente las casacas albirrojas de identidad total, sellando para siempre el compromiso moral, catalanista y estoico de fortificar el estadio perenne de Montilivi.
El club dominó a artillería los primeros compases del torneo regional consolidándose como la alternativa feroz frente a los de Barcelona en Segunda, pero el inicio bélico frustró su despegue.
Resurgiendo de años donde merodeó silencioso por divisiones periféricas, el club catalán consolidó el retorno al profesionalismo, desatando la chispa en Montilivi para el milagro por venir.
Después de cruentos batacazos en los playoffs los años anteriores, el equipo de Pablo Machín ascendió a Primera División dibujando historia tras un furioso y emocionante empate contra el Zaragoza.
El sueño de un niño hecho realidad: desplegó una tormenta táctica de fútbol ofensivo irreprimible liderado por Míchel. Marcaron a todos los grandes, compitieron por La Liga y sellaron una apoteósica e inédita clasificación directa a la Champions League.