Entidad gallega consolidada.
El oleaje atlántico empujó un pacto cívico y deportivo sin parangón en las rías gallegas. Entrada la década de los veinte, la ciudad marinera sufría el sangriento cisma competitivo entre sus dos tótems ineludibles: el aristócrata 'Real Vigo Sporting Club' y el ferviente 'Real Club Fortuna de Vigo'. Sabedor de que divididos eran presa fácil ante los poderes castellanos y vascos, el brillante periodista deportivo Manuel de Castro, apodado históricamente 'Handicap', lideró una cruzada diplomática incansable por la hermandad. Su utopía se concretó el vibrante 23 de agosto de 1923, en los solemnes salones de la Federación Gallega. Custodiados por pilares fundamentales como Juan Baliño Ledo y el Pepe Bar, ambas directivas firmaron la claudicación de sus propios colores en nombre de un escudo y supremo que protegiera a toda Galicia. Renegaron del anglicismo 'Foot-ball' y, enarbolando un brutal orgullo ancestral, lo bautizaron solemnemente bajo el peso celta. Tiñeron su ropa con el color exacto del gélido cielo gallego en honra perpetua a su mar.
El conjunto gallego consiguió de forma agónica y apoteósica su ansiado primer billete a la Primera División española, aunque el estallido de la guerra postergaría su debut oficial en la élite.
Mostosovoi, Karpin, Gustavo López y Catanha armaron el famoso 'EuroCelta'. Un equipo poético en su juego que asedió a la Juventus, humilló al Aston Villa y desató admiración total en cada rincón europeo donde pisó.
Tras otra campaña desbordante de talento y coraje, el club certificó un hito legendario: se apoderó de los ránkings y entró matemáticamente en la máxima competición continental por primera y gloriosa vez.
El Celta protagonizó la gesta moderna de alcanzar las semifinales de la Europa League al borde del mito en Old Trafford contra el Manchester United, enamorando a todo Vigo a pesar de la milimétrica eliminación.